por: Jose Rafael Vilar
Analista Político Internacional

«¡Todo comienza hoy! […] ¡El movimiento continúa, el trabajo comienza!» Con ese tweet matutino y un corto discurso de asunción —16 minutos, la mitad del empleado por los anteriores presidentes—, Donald John MacLeod Trump asumió la presidencia de los EEUU y repitió sus prioridades: “Un país más unido, más grande.” “América primero.” “El gobierno vuelve al pueblo.” Un discurso ríspido en general, cargado de simbolismos populistas.

La nueva Administración tendrá retos muy grandes —externos e internos— para cumplirlas. El proteccionismo y el aislacionismo prometidos, la revisión de tratados, el cambio en sus alianzas y la lucha contra la emigración ilegal —unido a las barreras para la legal— se traducen en sus dos metas de cierre de discurso: el compromiso de multiplicar empleos —contratar a estadounidenses, exigió a los empresarios, a pesar que la mayoría de los trabajos más especializados lo ocupan emigrantes altamente preparados— a la vez que obliga que se consuma lo producido en los EEUU —made in USA— significan realmente lo que preconiza Trump: el fin de la Era iniciada con Franklin Delano Roosevelt y más de la mitad de la población inconforme.

¿Podrá lograr o todo será un fracaso antihistórico? Para los votantes de Trump —45,95% de los que votaron, casi 3 millones menos que su rival y sólo 27,2% de los ciudadanos registrados— el fin del bipartidismo como se conocía y la diferenciación en ciudades pequeñas y zonas rurales —los “olvidados”— contra ciudades mayores —Trump no ganó en ninguna de más de 50 mil habitantes— puede convertirse en una grave autodiscriminación para sus seguidores.

Desde 1823 y la Doctrina Monroe, los EEUU han crecido y potenciado mirando hacia afuera. ¿Será distinto ahora?

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