Tegucigalpa – Rostros de dolor e impresiones desagradables, relatan cada una de las historias particulares de los familiares de cada uno de los pacientes que a diario son atendidos en la sala de emergencias en el Hospital Escuela, lugar donde la distancia entre la vida y la muerte puede encontrarse muy cerca.

Eran las 6:00 de la mañana cuando El Vocero Popular, se presentó a las instalaciones de esta sala para conocer de las experiencias que viven los hondureños que a diario asisten al principal centro asistencial del país, en busca de atención médica de emergencia.

Un grupo de sillas abarrotadas de pacientes y familiares, que esperan ser atendidos, dos teléfonos públicos incrustados en la pared para facilitar un medio de comunicación a las personas y un par de añejos ascensores que tardan hasta ocho y diez minutos para bajar, son los testigos mudos de la situación que a diario se vive en este lugar.

Las enormes puertas de vidrio tranparentes con dos franjas rojas como señal de precaución, guardan las frases de dolor que centenares de familiares expulsan a raíz de las restricciones que viven por parte del personal de seguridad en el área.

La vida pierde su curso y rumbo para los familiares de los pacientes, porque mientras ven pasar los minutos, cada vez se dificulta más el ingreso a la sala.

En el lugar sobresale el personal médico que entra y sale de la sala, en su mayoría vestidos de blanco, contrastando el color de su vestimenta con la esperanza que en ellos refugian los familiares de sus pacientes.

Emiten órdenes, hablan con seguridad, brindan información a los familiares y continúan su ir y venir por el lugar.

En la oficina de registro de la emergencia se encuentra un grupo de médicos internistas, reciben datos sobre sus escritorios, dos féminas del personal de aseo vestidas con su traje de uniforme verde oscuro y sus utensilios de trabajo, buscan higienizar el lugar y el equipo lo complementan tres guardias de seguridad; dos hombres y una mujer, uno de ellos, apostado al inicio de las gradas que permiten el acceso a los otros niveles del centro asistencial, a quien un grupo de personas claman por un permiso.

A un costado de la pared de esta sala, un trió de estudiantes de medicina toman los datos principales de los paciente de emergencia externa y sus signos vitales como presión arterial y temperatura.

Instantes de realidad


El corre, corre de los familiares con sus pacientes solamente dura unos minutos, a las 6:35 de la mañana, uno de los guardias de seguridad, comienza a sacarlos de la sala y les exige que esperen a que los llamen.

A los pocos minutos se agrega a la acción la guardia femenina, quien con una fuerte voz, semblante desapacible, estatura alta y corpulenta, procede a tomar el lugar de su compañero lo envía a custodiar la entrada principal y expresa, “señores, vamos a tener que desalojar” y le consultan porqué? a lo que contesta “porque si”.

La acción de la mujer se deja notar y logra dejar la sala desolada, donde solo posa una camilla vacía en el centro, un televisor en la pared por el que trasmiten las noticia matutinas, sin televidentes, la vieja vitrina de las tarjetas de asistencia que marca el personal y el grupo de sillas, solo una ocupada por una paciente que presenta un estado avanzado de mala salud.

Los familiares son sacados de la sala y enviados a una galera que se encuentra a unos 15 metros de la entrada principal, precisamente junto al estacionamiento del centro asistencial y los mandan que esperan a que se les llame.

Sin embargo, un grupo de personas deciden no alejarse y optan por esperar en las afueras de la sala, algunos de ellos refugian su agonía en las paredes de vidrio reflejando semblantes inexpresivos, vagando por el sueño y cansancio, luego de una o dos noches de esperar a ser atendidos con su familiar enfermo o con dificultades de salud.

Luego de unos minutos que los familiares tratan de convencer al guardia de seguridad que vigila la puerta, claman por un permiso para entrar a la sala y atender a su familiar, la vigilante retorna a la entrada principal y comienza a retirar a las personas de las afueras de la puerta hasta dejar las gradas “limpias” de nuevo y repetir que cerca de la entrada principal “solo es para familiares de los pacientes en agonía”.

“Además si viene un paciente a la carrera o grave, va a ocupar la entrada, busquen las sillas” y señaló las que están en la galera y no las de la sala.

Personal médico continúa entrando y saliendo del lugar, se llega la hora de visita médica que inicia a las 7:00 de la mañana y concluye tres horas después, cuando se marcan las 10:00.

A las 7:05 de la mañana, un joven se apersona a la puerta y pide al guardia de seguridad que le permita ingresar porque busca a un familiar y al avanzar unos pasos adentro de la sala, aparecen otros dos celadores y los expulsan de la misma.

Cada tres o cinco minutos, la guardia de seguridad, se aposta en la puerta de entrada principal de la sala para llamar al familiar de un paciente, con fuerte voz, para ser escuchada con efectividad.

Mientras la dificultad de ingreso a la sala de emergencias se incrementa para los familiares de los pacientes, la situación alcanza a los que ya se encuentran adentro, porque piden permiso para salir a la farmacia a comprar medicamentos y suministros pero el celador no les garantiza que puedan volver a ingresar.

En la sala, los médicos internos con sus uniformes de colores, unos gris, otros verdes, azules y fucsia continúan en circulación y solicitan apoyo de la guardia de seguridad para llamar a los parientes de los enfermos.

Historias repetidas

La mezcla de dolor, el clamor por un permiso y el sentimiento de impotencia en algunos visitantes, la necesidad de los médicos de tener cerca a los familiares por cualquier solicitud y el corre, corre de otros, genera un caos tanto afuera como adentro de la sala.

Para el caso, una señora de apariencia humilde, quien se identificó como Adriana Margot, viajó de San Lorenzo con su hija para buscar asistencia médica para su progenitora, sin embargo se siente decepcionadas e inconformes por la atención.

Un joven que se encontraba en el lugar en compañía de su madre, no se identificó, solamente dijo que residía en la colonia el Carrizal de Comayagüela, ciudad gemela con Tegucigalpa, se lamentó por el trato del personal de seguridad.

Comentó que traía a su madre por un problema que tuvo en la cabeza por lo que sería intervenida quirúrgicamente, al tiempo que remarcó que “lo que da mucho que desear son los guardias, ayer que mi sobrina me venía a dejar comida, la trataron bien mal y a mi mami también, que lastima da”, relataba al asomar el dolor y el sentimiento de impotencia en sus ojos.

“Aquí no lo dejan entrar, uno les puede dar la medicina en la mano y pedirles que se la lleven al familiar pero ellos como si nada, hacen oídos sordos”, continuó al asegurar que “solo lo dejan entrar dos minutos y otra vez para afuera”.

El dolor del joven era notable al mencionar que su madre no puede tomar las cosas con su mano y que requiere que la alimente, porque no puede hacerlo sola.

Similar la versión que brindó Miguel Ángel Colindres, quien llegó desde Pespire en horas de la noche, buscando atención por su hermano quien todavía en horas de la mañana no recibía atención.

“Los guardias son bien imprudentes, a uno lo sacan para afuera y lo tratan como animal, no hay nada de comprensión, me sacaron desde la media noche y no le dan información del familiar a uno”, se quejó Colindres.

Añadió que “no lo dejan estar adentro y es necesario por cualquier cosa que el paciente necesita”.

Unas personas se quejan por el trato que reciben, otros aprovechan su astucia junto al ingreso de personal del lugar y se mezclan entre ellos para entrar.

A las 7:28, se hace presente al lugar el supervisor del personal de guardias de seguridad con una carpeta en la que registra la asistencia de cada uno.

Las agrupaciones de personas en la entrada principal de la sala continúan, no transcurren 10 minutos de haber sido desalojados del lugar, para que los familiares se aglomeren nuevamente buscando la oportunidad de ingresar.

Son las 7:35 cuando un taxi se estaciona al frente de la entrada principal del hospital, del cual bajan a un hombre que presenta diferentes golpes en su cuerpo, luego de haber sido arrollado por el mismo ruletero que lo trasladó al centro asistencial.

El taxista pretende salir del lugar pero no se lo permiten y le dicen que espera hasta que autoridades de tránsito se hagan presente.

Un señor de unos 60 años de edad se apersona a la puerta y le pide al guardia que lo deje ingresar porque lleva un suministro que le solicitaron para la paciente de la camilla número 25, a quien le contestan que “deje el medicamento que trae, porque ahorita no puede pasar”.

La galera que se encuentra junto al estacionamiento, continúa llena de unas 50 personas, igualmente sentados en las gradas de la entrada principal, unos de ellos colocan la mano sobre su barba buscando un consuelo o respuesta, mientras que otro par optan por quitarse sus zapatos mostrando cansancio después de estar de pie toda la noche.

Una carreta de ropa para pacientes y una camilla vacía maniobrada por personal de aseo, obliga la apertura de las puertas de vidrio que por unos minutos permaneció cerrada.

Transcurren 10 minutos y luego ingresa un cirujano quien se identifica y solícita la entrada de cuatro personas a quienes asegura que va a revisar y a quien no le niegan dicha solitud, generando incomodidad en las personas de apariencia campesina que esperan en las afueran de la sala de emergencia del centro asistencial.

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