Por Rafael Vilar
Analista Político Internacional

Hoy dos porteños por nacimiento —Macri jefe de gobierno saliente de la Ciudad de Buenos Aires, y Scioli actual gobernador de la provincia de Buenos Aires—, inauguran los balotajes en ese país, aunque en 2003 pudo haber entre dos peronistas pero el expresidente Carlos Saúl Menem desistió a favor de Néstor Kirchner por la gran cantidad de rechazo que el ex tenía.

Esta vez, la diferencia salta los matices dentro del peronismo: Daniel Scioli Méndez es heredero del kirchnerismo, por mucho que trate de distanciarse y que la presidente CFK lo repudiara y humillara continuamente, y para lograr la postulación tuvo que aceptar muchos compromisos políticos, incluido como segundo el Chino Carlos Alberto Zannini, estrechamente vinculado desde 1984 a los Kirchner, mientras Mauricio Macri Blanco ha sido un opositor permanente al kirchnerismo.

Y aunque en el espectro ideológico ambos tratan de acercarse al centro —Scioli desde la confusa centroizquierda del FpV y Macri desde la centroderecha del PRO— y en economía ambos propugnan cambios al actual sistema —Macri con posible sentido de emergencia y Scioli con la lenta gradualidad que le permita el kirchnerismo—, no queda duda que la Era K finalizó cualquiera sea el ganador.

Pero el posible triunfo de Macri tendría mayores significancias. Para Argentina, Macri significaría un cambio radical desde un modelo populista, aislacionista, confrontador y prebendalista a otro desarrollista e integrador, así como el final de una casta “ideológica” —representada por la familia Kirchner y La Cámpora.

Pero para Latinoamérica, la victoria de Macri sería el inicio del fin del populismo y daría un impulso simbólico a la oposición venezolana en las legislativas del 6D, a la vez que contribuiría a fracasar el ya debilitado afán releccionista en Ecuador.

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