Apremiada por las estrechas diferencias que arrojan las encuestas con Aécio Neves, su rival en el ballottage del domingo, la mandataria de Brasil busca cuatro años más de gestión.

Pese a la reñida campaña electoral que tuvo que transitar estos últimos meses, Dilma Rousseff nunca dejó de lado su perfil de mujer dura, con un característico fuerte tono de voz.

Tras su victoria en la primera vuelta de las elecciones de Brasil, la presidente sigue siendo la favorita en la mayoría de las encuestas, pero por un estrecho margen. Incluso algunos sondeos arrojan una derrota del Partido de los Trabajadores en el ballottage del próximo domingo 26 de octubre.

Desde aquel 1 de enero de 2011 que recibió la banda presidencial, hasta el día de la fecha, la ex guerrillera acostumbró a los brasileños a ver una mujer decidida, con una fuerte personalidad.

Esa fortaleza le valió el apodo de “Dama de hierro”. Hasta en los momentos más críticos de su gestión la mandataria se mostró inquebrantable.

Como por ejemplo en los últimos días, cuando muchos esbozaron la posibilidad de que el candidato conservador Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), logre cortar con 12 años de gobierno del PT.

La segunda mitad de 2013 fue agitada para la jefe de Estado. Masivas manifestaciones inundaron las principales ciudades del país, en reclamo por el aumento de los precios del transporte público, la falta de inversión en educación y salud, y por el abultado gasto para el Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Esto puso en jaque la administración de Dilma, que rápidamente, para controlar a las masas, decretó medidas concretas. Una de ellas fue el programa “Más Médicos”, a través del cual miles de médicos de toda la región fueron contratados por el gobierno brasileño para fortalecer el servicio de salud.

Estas manifestaciones, que terminaron en fuertes choques con la policía, volvieron a tomar su curso semanas antes del inicio de la Copa del Mundo. Sin embargo, durante el transcurso de la misma reinó la calma, salvo aisladas protestas. Pero la presidente de Brasil no se salvó de los abucheos durante el partido inaugural.

Indudablemente fue su año más duro al mando del país. Pero ni las multitudinarias protestas pudieron debilitarla. Sí en las encuestas, pero no en sus convicciones políticas. Siempre mantuvo la misma compostura. Una característica bien diferente a la de su padrino político, el popular ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva (2003-2010), quien en vez de mostrar un perfil rígido, durante sus años de gobierno impuso un estilo más relajado.

Años de militancia y tortura

Con apenas 17 años, Dilma comenzó a militar políticamente en la Organización Revolucionaria Marxista Política Obrera (POLOP), para luego formar parte de la organización guerrillera COLINA. A causa de su activismo contra la dictadura (1964-1985), en 1970 fue juzgada por un tribunal militar y condenada a tres años de prisión, donde también fue torturada.

Aquellos tiempos en prisión y el recuerdo de sus ex compañeros sí mostraron a una Rousseff diferente. En sus raras referencias al período de la dictadura, se ha mostrado claramente emocionada.

“En mi vida, enfrenté situaciones del más alto grado de dificultad, agresiones que llegaron al límite físico, y nada me sacó de mi rumbo, de mis compromisos ni del camino que tracé para mí misma”. Recordando sus año más sombríos, la “Dama de hierro” se mostraba entera y con fuerte convicción tras haber sido insultada en el estadio durante la inauguración del Mundial de fútbol en julio pasado.

Carrera política

Al recuperar su libertad en 1972, concluyó su licenciatura en Economía, y en 1979 se unió al Partido Democrático Trabalhista, donde ocupó diferentes cargos. Pero fue la secretaría de Energía, en el estado Río Grande do Sul, la que le dio mayor impulso político.

Ya para 2001 pasó al Partido de los Trabajadores, que años más tarde la llevaría a la presidencia de Brasil. Entre 2003 y 2005 fue la ministra de Energía y Minas del ex mandatario Lula, y entre 2005 y 2010 ocupó el cargo de jefe de la Casa Civil.

“Apareció una compañera con un computadorcito en las manos. Comenzamos a discutir y percibí que había algo diferente en ella. Entonces pensé: ‘Creo que ya encontré a mi ministra de Energía”, recuerda el ex presidente sobre su primer encuentro con Dilma.

Ese último año fue elegida por su partido para suceder al popular ex presidente, que dejaba el mando con una popularidad cercana al 80%.

Poco se conocía de esta hija de padre húngaro, ya que siempre se había desempeñado en puestos gerenciales. Era toda una apuesta para el PT. El hecho de nunca haber disputado un puesto en las urnas dejaba un manto de duda sobre su candidatura. Pero el patrocinio de Lula contribuyó significativamente a su posterior victoria.

Dilma necesitó del balottagge para asumir la presidencia. En primera vuelta se impuso con el 46.9 por ciento de los votos sobre el candidato del Partido Socialista Brasileño, José Serra (32.6%), y la representante del Partido Verde, Marina Silva (19.3%).

En segunda vuelta la sucesora de Lula alcanzó la victoria con un 56 por ciento, frente a un 44 de Serra, para convertirse así en la primera presidente mujer del país.

Una gestión entre logros y críticas

Las políticas sociales fueron para el PT su mayor rédito político. En la última década, entre los dos gobiernos de Lula y el de Dilma, Brasil sacó de la pobreza a 30 millones de personas. A su vez, el país se ubicó como la séptima economía del mundo.

En el plano internacional, logró tal consolidación que hoy es considerado como una de las potencias regionales. Rousseff además despertó el respeto de sus pares. A tal punto que no dudó en la Asamblea de las Naciones Unidas de 2013 reprochar a Estados Unidos por el espionaje que realizó sobre el país sudamericano. Incluso días después la mandataria rechazó una invitación del presidente Barack Obama a Washington.

Tras cuatro años de gestión, también quedaron cuentas pendientes. El país no logró mantener el impulso económico de años anteriores, como así tampoco pudo cumplir con la promesa de generar más empleo. A su vez, los más críticos reclaman una mayor expansión del mercado interno y las exportaciones.

El recién escándalo llamado Petrolão desnudó un entramado entre directivos de la petrolera Petrobras y políticos del gobierno. El ex director de Abastecimiento de la compañía, Paulo Roberto Costa, quien permanece en prisión desde marzo pasado, reveló la existencia de un esquema de cobro de sobornos de empresas que buscan contratos con la petrolera.

Si bien la información permanece secreta, el ex dirigente de Petrobras delató a ejecutivos y funcionarios a cambio de una reducción de su condena.

Este fue el principal bastión que tomaron los candidatos opositores para debilitar aún más la imagen de Dilma, cuya fuerte campaña de debilitar a la ecologista Marina Silva en primera vuelta llevó a la líder del Partido Socialista Brasileño (PSB) a dar su apoyo a Neves de cara a la segunda vuelta. Un importante caudal de votos que, ante la estrecha diferencia que arrojan las encuestas, podría ser clave para el candidato conservador.

A pesar de la poca diferencia en los últimos sondeos, Dilma se mantiene como la favorita para sumar cuatro años más de gobierno para el Partido de los Trabajadores. Cuatro años en los que tendrá que lidiar con varios frentes no resueltos durante su primera gestión.

Por: Lucas Goyret lgoyret@infobae.com

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