Carlos Méndez.- Entre finales de febrero y comienzos de marzo, cuando los aguaceros nos han dicho: “hasta luego, regresamos por mayo”, una columna de árboles de cortés hacen fila a las orillas de la carretera, que va de Santa Elena a Iztoca en el sur del país entre Santa Elena, Iztoca y cerca del monumental y centenario puente sobre el rio Choluteca, para desnudarse de sus hojas verdes y ponerse camisas llenas de flores con un bordado de amarillo encendido alucinando de brochazos los caminos y los bulevares no solo del sur sino también de las grandes ciudades.

Grandes manchas de zanates y otros pájaros planean sobre un cielo azul limpio, silencioso y con atardeceres para refugiarse entre las, ahora, flores de un amarillo irrepetible para las pupilas de los cazadores de lienzos y poemas.

Las abejas hacen artesanía milenaria y generosa para llevar fiesta dulce, a los colmenares, a distancias kilométricas.

Una parvada de pericos y loras se toman por asalto estos árboles de flores amarillas como fulminantes, pero solo se posan en sus ramas unos segundos y vuelan de inmediato con la rapidez de un suspiro hacia las “llamas del bosque” cubiertos con hojas completamente verdes, para escapar a los depredadores.

Los pericos y loros se dan cuenta que en medio de las flores amarillas de los cortés, su color se vuelve en la peor estrategia de “simulación de la lucha por la vida” como diría José Ingenieros. Y vos, periquito real, te das cuenta rápidamente de esto y agitàs tus alas como rayo, volando, sin que nosotros te podamos ver y tocarte con nuestros afectos de siempre, para desaparecer en las profundidades infinitas de un atardecer sureño cualquiera.

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